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Guardaparques en la Antártida

Argentina fue el primer país del mundo en instalarse en el sector antártico y es el único con más de 100 años de presencia ininterrumpida. La Administración de Parques Nacionales está ligada a esta historia de dos formas, la primera es compartir un “mentor” en común. Fue el Perito Don Francisco Pascasio Moreno quien a fines de 1903, luego de insistir en la importancia científica y política de instalar un observatorio meteorológico y geomagnético en la Isla Laurie del archipiélago de las Islas Orcadas del Sur, logró que se firmara un decreto a partir del cual se creó el “Observatorio Meteorológico y Geomagnético de las Islas Orcadas del Sur” y se envió a la primera dotación argentina, que tomó posesión del Observatorio el 22 de febrero de 1904.

Por otro lado, a partir un convenio firmado con la Dirección Nacional del Antártico, desde el año 1990, ininterrumpidamente la Administración de Parques Nacionales realiza la selección de Guardaparques mediante concurso de antecedentes para participar en las campañas de verano e invernada en las Bases Antárticas Orcadas, Carlini (ex Jubany)y Esperanza. Es así que Argentina  se convirtió en el primer país del mundo en enviar Guardaparques sistemáticamente al área de conservación internacional mas importante del mundo.

El trabajo de los guardaparques consiste en recolectar muestras biológicas en el terreno, realizar censos sistemáticos de las poblaciones de las aves y los mamíferos que anualmente arriban al continente.

Entre los meses de agosto y mayo se concentran la mayoría de los trabajos de campo. Por ejemplo, anualmente se pesan en cada base 1600 pingüinos adelia y barbijo entre adultos y pichones al comienzo y al final de la temporada de reproducción. Se obtienen muestras de contenido estomacal para determinar variaciones en la dieta, que comparadas con muestras de años anteriores, permiten detectar cambios en las poblaciones de Krill. Por medio de conteo de nidos e individuos en sectores de las pingüineras, marcadas desde el año 1988, se pueden establecer tendencias poblacionales de estas especies y compararlas con resultados de otras bases argentinas o de otros miembros de la Convención para la Conservación de los Recursos Vivos Marinos Antárticos.

Uno de los trabajos más interesantes es el que se realiza con la focas de weddel de la cual se toman muestras de sangre y leche de durante la época de parición y lactancia, entre agosto y noviembre. Para ello deben desplazarse con esquíes de travesía por el mar congelado y detectar los agujeros por donde salen a respirar.

Semanalmente, durante todo el año, realizan censos de aves voladoras y mamíferos.

El volumen de muestras y la cantidad de datos acumulados durante el año, hacen que se ocupen algunas horas del día para procesar, envasar y congelar las muestras y asentar los datos en planillas.

Con respecto a los trabajos de geofísica, se concentran en actividades de gabinete. Estos consisten en controlar diariamente el normal funcionamiento de los equipos y realizar copias de seguridad de los datos periódicamente. Desde el gabinete de geofísica se registran los datos del sismógrafo perteneciente al Instituto de Oceanografía y Geofísica Experimentalta (OGS) de Trieste, Italia, y del receptor del sistema de posicionamiento global (GPS, por sus siglas en inglés) de la Universidad de Memphis, Estados Unidos. Estos organismos extranjeros tienen convenios con el Instituto Antártico y realizan estudios similares en otras bases argentinas. La estación sismológica forma parte de una red mundial y la OGS, a través de convenios con la Dirección Nacional del Antártico y el CONICET, opera estaciones similares en las bases Carlini y Esperanza, en el Parque Nacional Tierra del Fuego y en Río Grande, Tierra del Fuego. El análisis de los datos obtenidos sirve para interpretar detalles de la dinámica de la tectónica de placas, que originan los movimientos sísmicos. El proyecto de geodesia, también relacionado al movimiento de las placas continentales, apunta a medir en forma muy precisa la deriva, por llamarlo de una forma simple, a la que está sometida la Isla Laurie y todo el archipiélago de las Orcadas. También funcionan estaciones en la Base Jubany y en el Parque Nacional Lihué Calel, en La Pampa.

Normalmente, la operación de estos equipos no presenta mayores dificultades, salvo inconvenientes técnicos ocasionados por las rigurosas condiciones ambientales, como el congelamiento del receptor de GPS ubicado en el filo del Co. Mossman por temperaturas inferiores a lo habitual, como en el año 2003 que en junio la temperatura descendió a -34ºc y la sensación térmica rondó los -72ºc, o el sismo de 7,5 puntos en la escala de Richter ocurrido el 4 de agosto del mismo año. Este tipo de acontecimientos generan que los instrumentos y sus alojamientos deban ser controlados o reprogramados en el terreno.

Todas las planillas donde se registran los datos, las muestras biológicas y los discos compactos con la información sismológica y geodésica, son entregados a los investigadores del Instituto Antártico Argentino al regreso de la campaña, quienes analizan las muestras junto a los datos de los trabajos de campo y elaboran los informes que luego son publicados, compartidos con otros organismos nacionales o extranjeros y finalmente son presentados en reuniones científicas internacionales, cerrando así un trabajo en conjunto.

Se entiende por región Antártica aquella que rodea al Polo Sur, con muy particulares características fisiográficas, climáticas y biológicas. Incluye un continente (la Antártida), una gran extensión marina (el océano Austral) y un conjunto de islas aledañas, y aún archipiélagos, con un total de 45 millones de kilómetros cuadrados en los que el intenso frío es el rasgo más notable.

El continente antártico actúa como un verdadero refrigerador para la región y para todo el hemisferio sur. Las zonas polares reciben los rayos solares con un ángulo de incidencia bajo y, por lo tanto, un aporte de calor muy inferior al de las zonas ecuatoriales, pero sólo se tornan frígidas si en ellas alcanza a desarrollarse una gran masa de hielo permanente.

La Antártida hoy está cubierta por una capa de hielo de 2.000 metros de espesor, cuyo peso de 25.000 billones de toneladas hundió al continente que yace debajo unos mil metros dentro de la corteza terrestre.

Como un freezer gigante, el continente antártico permite, por su ubicación, la acumulación de una inmensa masa de hielo que enfría a todas las regiones circundantes, influyendo sobre las corrientes marinas y regulando el clima de todo el planeta.

El interior de la Antártida es un desierto que casi no soporta vida terrestre. La única vegetación que puede crecer con temperaturas medias de 60º bajo cero y vientos que promedian los 70 k/h son musgos y líquenes, que ocupan los territorios rocosos capaces de absorber algo de calor solar en verano.

Existen algunos animales terrestres tales como diminutos insectos y otros artrópodos, que se refugian bajo las rocas y entre la escasa vegetación. La mayoría de los minúsculos animales terrestres antárticos – desde protozoarios hasta colémbolos – se alimentan de bacterias, algas, hongos y musgos. Algunos son predadores, como el ácaro amarillo.

En la Península Antártica (parte sustancial del sector argentino) las condiciones son menos adversas y aparecen entonces multicolores líquenes crustáceos (que forman crosta), alfombras de algas, musgos y otros líquenes. También se ven matas de las dos únicas plantas con flores antárticas.

En contraste con la pobreza de la vida terrestre antártica, sus aguas son biológicamente muy ricas. El alto contenido de nutrientes del agua profunda, resurgida como agua superficial antártica, combinado con la gran cantidad de horas de luz estival, asegura la enorme producción de fitoplancton; esta sopa vegetal alimenta a un zooplancton herbívoro particularmente rico en crustáceos como el krill, con aspecto de langostino, cuya población se estima en unos 600.000 billones de individuos que representan unas 650 millones de toneladas, lo que equivale a más de lo que pesa la totalidad de la población humana del planeta.

La abundancia de este zooplancton favorece la presencia de petreles, pingüinos, focas y ballenas con barbas. Calamares y peces son las presas de albatros, focas de Weddell y de Ross y ballenas dentadas (delfines y cachalotes). En la cima de la pirámide alimentaria del océano Austral se encuentran el leopardo marino, cazador de focas jóvenes y pingüinos pero también comedor de peces y de krill, y la orca, predador de todas las especies.

José Manuel Moneta fue un diplomático y técnico del Servicio Meteorológico Nacional de Argentina que intervino en las expediciones a las islas Orcadas del Sur de los años 1923, 1925, 1927 y 1929. Dejó testimonio de ello en el libro Cuatro años en las Orcadas del Sur – que recibió el premio de la Comisión Nacional de Cultura y fue objeto de sucesivas reediciones – y, como diplomático, desempeñó en nombre del Gobierno argentino varias funciones vinculadas a la Antártida.

Luego de que el 2 de enero de 1904 se creara un observatorio meteorológico en las islas Orcadas del Sur en las instalaciones que había cedido el explorador escocés William Speirs Brucel partió la primera expedición que estuvo compuesta por cinco personas, de las cuales sólo una era argentino. Pasaron un año íntegro en la casa habitación de 9,50 x 5,50 metros. Moneta había leído en su niñez libros acerca de las expediciones polares e incluso durante un tiempo vivió en Tierra del Fuego, lo que incentivó su interés por las tierras antárticas. Teniendo en mira su propósito de viajar a la Antártida ingresó muy joven a la Oficina Meteorológica donde al cabo de casi cuatro años de trabajo y en base a la experiencia adquirida se postuló y fue aceptado para integrar la expedición de 1923.

Desde 1904 el observatorio había estado ocupado permanentemente con equipos que se renovaban anualmente y que permanecían aislados todo el año hasta su relevo dado que no contaban con transmisores de radio ni otro medio de comunicación. También carecían de asistencia médica porque no había personal sanitario entre sus integrantes por lo que en caso de cualquier contingencia quedaban librados a ellos mismos. Así, por ejemplo, en una de las expediciones en que un integrante sufrió un accidente y se le congelaron los dedos de la mano, el jefe de la expedición debió hacer – sin anestesia y con instrumentos rudimentarios – la amputación de ocho dedos para salvarle la vida, pues había aparecido una gangrena que no pudieron detener.

Moneta y sus compañeros fueron llevados en un transporte de la Armada Argentina hasta las islas Georgias del Sur y allí embarcaron en un buque ballenero que después de algunos días de navegación los dejó en el observatorio junto con las provisiones y combustible con los que deberían subsistir hasta que se produjera su relevo un año después. Moneta volvió a integrar los equipos que permanecieron en el observatorio durante los años 1925, 1927 -la primera que estuvo integrada totalmente por argentinos- y 1929, desempeñándose como jefe en las dos últimas ocasiones.

La expedición de 1927 fue de seis hombres pues incorporó al radiotelegrafista Suboficial de la Armada Argentina, Emilio Baldoni, que llevó un equipo de transmisión que fue instalado en la Base. A mediados del mes de marzo comenzaron los reiterados intentos de comunicación, pero los días fueron pasando sin escuchar una respuesta. Hasta el momento no se sabía si eso era factible, ya que la distancia y las inclemencias del tiempo eran factores desfavorables para la radiotelegrafía, teniendo en cuenta los equipos de aquella época. Cuando ya llevaban 11 días en tal situación y comenzaban a desmoralizarse, narra Moneta: “el 30 de marzo de 1927 … el manipulador impulsado por el firme puño de Baldoni decía: CQ… CQ…CQ… de LRT… LRT… LRT… Orcadas, Orcadas, Orcadas llamada general de las islas Orcadas del sur… de las islas Orcadas….contesten llamadas muy largas para poder sintonizar… llamada de Orcadas del sur…” de pronto cuando estaban por abandonar escuchan, siempre en lenguaje Morse: “LRT … LRT,,,” con el que les respondían desde la Estación LIK de Ushuaia, la ciudad más austral del mundo.”

Al día siguiente, en la Base se recibieron cinco despachos, uno de los cuales decía: “Moneta, Jefe Expedición. Islas Orcadas” – “Familias de todos bien” – “PLATE. Director Meteorología”. En esa forma quedaba roto el aislamiento de la Base y sus datos se empezaron a transmitir de inmediato a Buenos Aires para ser utilizados en los pronósticos, junto con la información proveniente del resto del país.

Las nuevas instalaciones permitían que en la Base se pudieran escuchar, aunque con mucha dificultad, algunas transmisiones radiofónicas del continente. Esto permitió que en la noche del 24 de mayo de ese año el diario La República y la emisora L.O.T. Olivos (que había sido seleccionada por ser la que mejor escuchaban en las islas) organizaran una audición especial durante la cual los orcadenses pudieron escuchar hablar a sus familiares.

El observatorio tenía como misión recoger en forma permanente y volcar en numerosas planillas los datos científicos que incluían la altura de la nieve, presión atmosférica, temperatura del aire, humedad relativa, tensión del vapor, nubosidad y forma de las nubes, fuerza y dirección de los vientos, visibilidad -con lo que se determina el grado de transparencia de la atmósfera-, cantidad de horas en que el sol ha brillado, etc., además de observaciones directas de magnetismo terrestre, esto es la declinación e intensidad horizontal y la inclinación magnética, todo ello con los instrumentos correspondientes, para lo cual debían turnarse en guardias porque algunas observaciones se realizaban cada cuatro horas. Además de las tareas de observación meteorológica y de mantenimiento de las instalaciones, los cinco integrantes también debían obtener parte de sus alimentos. Obtenían carne cazando cormoranes con escopeta y pingüinos y focas con palos y también recolectaban huevos de pingüino. En esa época las aves citadas no parecían correr riesgo de extinción y, tal como lo explica Moneta en sus libros, las alas de pingüino hechas “milanesas” en grasa animal o los huevos fritos de pingüino, fritos también en grasa animal, eran prácticamente para esa época los únicos alimentos posibles para los seres humanos durante el prolongado (medio año) invierno antártico. También observa Moneta que, aparte de los pingüinos emperadores, las únicas aves que pervivían durante el oscuro y heladísimo invierno antártico eran, precisamente, las palomas antárticas.

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